El olvido que seremos

No deshonremos a aquellas personas que, en medio del silencio y la ignorancia, buscaron ser una voz vital. No las castiguemos con nuestro olvido.

Rodolfo Barragán
Estudiante de 8° semestre de la Licenciatura en Economía

El 25 de agosto de 1987, fue asesinado Héctor Abad Gómez en la ciudad de Medellín. Él iba en camino a rendir homenaje a Luis Felipe Vélez, presidente del gremio de maestros de Antioquia, quien había sido asesinado ese mismo día por la mañana. Desde el inicio de su vida estudiantil, hasta el final de sus días, el Dr. Abad estuvo comprometido fervorosamente con la salud pública, la educación, la libertad de pensamiento y la garantía de los derechos humanos. 

Entender su lucha y muerte implica situarse en un contexto donde la realidad de las y los colombianos había estado marcada por décadas de persecuciones políticas, matanzas entre liberales y conservadores, el narcotráfico, las guerrillas y los grupos paramilitares. “¿De dónde proviene la violencia?” fue el título de la última columna que llegó a escribir. 

“En Medellín, hay tanta pobreza que se puede contratar por dos mil pesos a un sicario, para matar a cualquiera. Vivimos en una época violenta, y esta violencia nace del sentimiento de desigualdad.” 

En México, no somos ajenos a esa realidad: ser un país fértil para la muerte. Feminicidios, personas desaparecidas, la muerte de estudiantes, periodistas, activistas, y los miles de crímenes que en su mayoría quedan impunes. 

“Aquí, hoy”, uno de los últimos poemas inéditos de Jorge Luis Borges, se encontraba en el bolsillo de la chaqueta de Héctor Abad el día que fue asesinado. “Ya somos el olvido que seremos” es el primer verso de aquel poema. Hace referencia a cómo el tiempo del recuerdo vivido es tan corto. Un polvo elemental en el cual nos convertiremos “bajo el indiferente azul del cielo”. Tal vez esa sea la mayor de las desgracias, cuando llega el día que ninguna persona sepa lo que fuimos en tierra y en vida. El día del entierro del Dr. Abad, el novelista antioqueño Manuel Mejía Vallejo dio un discurso que plasma lo anterior de manera cruda, pero honesta:

«Vivimos en un país que olvida sus mejores rostros, sus mejores impulsos, y la vida seguirá en su monotonía irremediable …. Yo sé que lamentarán la ausencia tuya y un llanto de verdad humedecerá los ojos que te vieron y te conocieron. Después llegará ese tremendo borrón, porque somos tierra fácil para el olvido de lo que más queremos. La vida, aquí, están convirtiéndola en el peor espanto. Y llegará ese olvido y será como un monstruo que todo lo arrasa, y tampoco de tu nombre tendrán memoria.»

Si uno leyera el fragmento de este discurso sin contexto alguno, no se podría determinar con certeza si se pronunció hace una semana, o hace 30 años; si fue en Colombia, o en México. Una realidad atemporal que describe inequívocamente como reverberan en nuestro día a día tantos sucesos desgarradores. Una parálisis adormecedora, un coraje de color escarlata, o un sentido de urgencia ineludible se llega a manifestar en muchas personas. Pero aquel cielo azul indiferente de Borges, o aquel monstruo sin memoria de Mejía Vallejo, suelen ser quienes terminan gobernando en la mayoría de la conciencia de los individuos. 

Carlos Gaviria expresó en su momento las siguientes palabras: a Héctor Abad Gómez lo mataron por ser un buen ciudadano. Cruelmente, le arrebataron la vida por haber desarrollado un sentido de ciudadanía y por haberla ejercido activamente. No deshonremos a aquellas personas que, en medio del silencio y la ignorancia, buscaron ser una voz vital. No las castiguemos con nuestro olvido.

Créditos de la imagen: http://www.hectorabad.com/aqui-hoy-en-la-voz-de-hector-abad-gomez/

Bibliografía

Faciolince, H. A. (2017). El olvido que seremos. Alfaguara.

Las opiniones aquí vertidas son exclusivas de su autor/autora, y no representan la ideología del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, ni del Consejo Editorial de la Gaceta Económica.

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