La austeridad, ¿un peligro para México?

El crecimiento económico hoy en día tendría que ser nuestra mayor preocupación, pues es la fuente de muchos de nuestros problemas. Una apuesta por la prudencia, en lugar de la austeridad, reconocería que es cierto que tenemos un serio problema con el gasto público, que no es de calidad y tiene bajo impacto en la economía, pero también reconocería que el camino correcto no es gastar menos, sino gastar mejor.

Kevin García Estudiante de Ingeniería en Biomedicina, 2º Semestre

Desde que entró el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador, uno de los ejes de su política económica ha sido la “austeridad republicana”. Un tema que se pone sobre la mesa como algo que reduce la desigualdad y es clave para el crecimiento económico del país. Sin embargo, no se debate con la suficiente profundidad si la austeridad es una política económica positiva en el corto, mediano y largo plazo.

La austeridad, como se ha aplicado en México, ha sido característicamente nociva para la actividad económica. Ha producido tasas de crecimiento mediocres y causado un innecesario malestar social. Durante los últimos años, México ha realizado fuertes recortes a la inversión pública, llegando a niveles 40% por debajo de la media de los países en desarrollo. A tales recortes se han sumado otros a la educación pública, a la salud y en general a la provisión de bienes y servicios públicos de calidad. 

El actual gobierno celebra que los gastos han sido mucho menores con respecto al sexenio pasado, pero debemos recordar que mucho de ello se debe a recortar en programas sociales, en infraestructura y en salud. Además de hacer recortes a áreas que no se deberían, ha tomado decisiones económicas con proyectos que no benefician al país. Por ello los principales errores son el recortar presupuesto a servicios indispensables, tomar malas decisiones de gasto y una incompetencia en los altos funcionarios debido al recorte de personal que aportaba en la creación de políticas públicas que llevarían al país a un mejor lugar.

El crecimiento económico hoy en día tendría que ser nuestra mayor preocupación, pues es la fuente de muchos de nuestros problemas. Una apuesta por la prudencia, en lugar de la austeridad, reconocería que es cierto que tenemos un serio problema con el gasto público, que no es de calidad y tiene bajo impacto en la economía, pero también reconocería que el camino correcto no es gastar menos, sino gastar mejor. 

Esa falta de dinamismo en nuestra economía se vuelve problemas de pobreza, problemas de movilidad social, problemas de desigualdad y también problemas de finanzas públicas. Lejos de navegar por los peligros de la austeridad deberíamos atacar seriamente las causas de nuestra falta de crecimiento.

Austeridad en pandemia

Según la revista The Conversation, el presidente Andrés Manuel López Obrador fue catalogado como uno de los 5 peores líderes de pandemia, y parte de ello se debe a que los presupuestos de los hospitales en México son insuficientes para la enorme tarea que enfrentan. La política de extrema austeridad fiscal de López Obrador, vigente desde 2018, había hecho que abordar una crisis de salud fuera mucho más difícil al limitar significativamente la ayuda financiera del COVID-19 disponible para ciudadanos y empresas. 

El plan económico de México para afrontar la COVID-19 es ortodoxo y austero. Otras naciones latinoamericanas respondieron a la emergencia sanitaria aumentando su gasto público y dando salarios de emergencia a desempleados. No en México. En el país se optó por seguir con las medidas de austeridad, y la única medida para enfrentar esta crisis compleja, es continuar con los programas sociales de siempre. Esta política es equivocada y mediocre. Los programas sociales que existen hoy no solo son insuficientes, sino que no están diseñados para beneficiar al tipo de ciudadano que se verá más afectado por la crisis del coronavirus, o a los nuevos pobres que surgirán por los efectos de la pandemia.

Los recursos sociales se enfocan en dar transferencias en efectivo a estudiantes, jóvenes aprendices, pensionados, agricultores y dueños de micronegocios. Por ello, los programas sociales no tienen posibilidad de apoyar a los nuevos desempleados, a los pobres urbanos que no tienen un micronegocio o a los desposeídos que tienen 30 años o más. 

Por eso, en el contexto de la COVID-19, la ayuda de su gobierno se ha limitado a dar pocos créditos a las empresas pequeñas y a solicitar a los empresarios que continúen pagando el salario íntegro de todos sus trabajadores. 

Un problema del sexenio

El presidente se empeña en creer que los programas sociales cubren las necesidades de los más pobres y que no es necesario aumentar el gasto público. López ha interpretado que aumentar la deuda del Estado significa otorgar apoyos a la industria y, por tanto, favorece solo a las grandes empresas y a los ricos a costa del endeudamiento futuro de la población mexicana. 

López Obrador ve en la austeridad una medida que ayuda al pobre: en su lógica, los pobres ya están siendo protegidos por programas sociales y el resto de la población tiene dinero suficiente para salir adelante. La interpretación del presidente mexicano no sólo es incorrecta, sino también es perjudicial. Sobre todo porque la economía mexicana ha sufrido contracciones desde el año pasado. 

López Obrador, sin embargo, no parece dispuesto a innovar. Dice que irá haciendo cambios en el futuro pero la economía no puede esperar y, entre más se demora, más costoso será ayudar a todos. Y esa poca disposición a innovar ni a actuar rápido podrían ser los mayores problemas de su sexenio. Ante una crisis como la actual, López Obrador tiene que dejar a un lado sus ideas preconcebidas y estar abierto a nuevas ideas.

Costos de la austeridad

Como están las cosas, los ahorros que se están generando con las estrategias de austeridad pueden perderse por completo por la falta de crecimiento. Los costos de una economía débil van desde una menor recaudación fiscal hasta un mayor desempleo. 

Hay ocasiones en que los beneficios que la austeridad aporta son superados por sus costos. Ante la fuerte desaceleración económica que estamos viviendo, esta es una de ellas. La reducción en el gasto y la inversión pública le han pegado fuerte a la economía. 

En otras circunstancias, la iniciativa privada podría cubrir el hueco de gasto e inversión del gobierno con sus propios desembolsos. Sin embargo, la confianza ha sufrido un golpe importante a raíz de decisiones como la cancelación del nuevo aeropuerto de Texcoco y la construcción de Dos Bocas. Existe incertidumbre en el sector empresarial y esto ha provocado que la inversión privada se contraiga.

Una parte del ahorro ha provenido del despido de miles de funcionarios, así como de la reducción de salarios y eliminación de prestaciones. Actualmente, existe mucha ineficiencia en el aparato burocrático del país, con varias personas que no justifican ni su trabajo ni su sueldo. Pero el criterio uniforme que empleó López Obrador para obtener estos ahorros ha tenido víctimas muy valiosas cuyas ausencias las resentiremos en el futuro o como actualmente las sentimos con las decisiones que se han tomado. El gobierno haría bien en bajarle a su austeridad para intentar reactivar la economía. Mejor aún sería que busque generar la confianza que tanta falta hace para que la iniciativa privada detone la inversión.

 

Referencias

Las opiniones aquí vertidas son exclusivas de su autor/autora, y no representan la ideología del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, ni del Consejo Editorial de la Gaceta Económica.

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